miércoles, diciembre 14, 2005

Tomates verdes fritos

Después de que el joven del supermercado la hubiese cubierto de insultos, Evelyn Couch se sintió igual que si la hubiesen violado; desgarrada por dentro por aquel deshonesto abuso verbal. Siempre había tratado de rehuir aquel tipo de incidentes, porque le aterraba que los hombres se le descarasen, y lo que fuesen capaces de decirle si les plantaba cara. Durante toda su vida se había acercado a los hombres de puntillas, fijándose muy bien dónde ponía los pies, sabedora de que si, por cualquier circunstancia, les plantaba cara, ese léxico que con tanta facilidad afloraba de sus bocas le haría mucho daño.

Y al final le había tocado la china. Pero no iba a hundírsele el mundo por eso. Es más: aquello la incitó a reflexionar. Fue como si la gamberrada de aquel joven la hubiese sacudido interiormente, obligándola a mirar en su interior y a hacerse unas preguntas que había eludido hasta entonces, por temor a las respuestas.

¿En qué consistía, en realidad, lo que ella veía como una insidiosa amenaza; como un arma invisible que apuntaba directamente a su cabeza, condicionando su vida; "aquel terror que sentía a que la insultasen"?

De jovencita se había mantenido virgen para que no la llamasen putón; se había casado para que no la llamasen solterona; había fingido orgasmos para que no la llamasen frígida; había tenido hijos para que no la llamasen estéril; no se había hecho feminista para que no dijesen que odiaba a los hombres ni la llamasen tortillera; y nunca se había sulfurado ni levantado la voz para que no la llamasen arpía...

Y encima de que se había esforzado por comportarse así, un buen día se topa con un extraño y él la pone a caer de un burro y la cubre de insultos..., de esa soez retahíla de insultos que los hombres dedican a las mujeres cuando se cabrean.

¿Por qué siempre insultos con connotaciones sexuales?, se preguntaba Evelyn. ¿Y por qué cuando un hombre quería vejar a otro, lo afeminaba? Era como si, para ellos, ser mujer fuese lo más bajo. ¿Qué hemos hecho nosotras?, se decía ella: ¿qué hemos hecho para que se nos tenga en ese concepto? ¿Por qué habían elegido precisamente el "coño" para que sonase tan mal? La gente ya no insultaba a los negros; por lo menos, no en su cara. A los italianos ya no se les llamaba "maricas", ni se hablaba de "judiadas", no se decía aquello de "Spanish... mañana", tildándolos de vagos, ni se hacía burla de los "amarillos", ni de los "gabachos", ni de los "cabezas cuadradas", ni de los "hijos de la Gran Bretaña", en la conversación normal. Todos los grupos tenían quienes les defendían. Pero, a las mujeres, los hombres seguían insultándolas. ¿Por qué? ¿Dónde estaba su grupo? No era justo. Y, cuanto más lo pensaba, más le sulfuraba. Ojalá Idgie hubiese estado a mi lado, pensaba Evelyn. No habría permitido que aquel joven la insultase. Estaba segura de que le habría soltado una hostia que lo habría estampado en el coche.

Hizo un esfuerzo para no seguir dándole vueltas al asunto porque, de pronto, notaba que empezaba a sentir algo que nunca había sentido; y le daba pánico: Con veinte años de retraso, respecto a las demás mujeres, Evelyn Couch estaba furiosa.

Estaba furiosa consigo misma por sentir ese pánico. Toda aquella ira contenida empezó a expresarse de una extraña y peculiar manera.

Por primera vez en su vida, deseó ser un hombre. Y no por el privilegio de tener ese singular equipamiento tan caro a los hombres. No. Lo que quería era la fuerza física del hombre, para haberle podido poner la cara como un mapa a aquel mocoso del supermercado. Claro que no le pasaba inadvertido que, de haber sido un hombre, no le habría insultado. Y fantaseaba con la idea de seguir siendo ella, pero con la fuerza física de diez hombres. Convertida en una Superwoman. Y se imaginaba dándole tal paliza a aquel deslenguado que lo dejaba allí tirado en el suelo del aparcamiento, sangrando, con varios huesos rotos e implorando piedad. ¡Ja!

Y, así, a los cuarenta y ocho años, empezó la increíble y secreta vida de Mrs. Evelyn Couch, de Birmingham, Alabama.

Página 274 "Tomates verdes fritos" de Fannie Flagg.


jueves, abril 21, 2005

Las hazañas del Santo Padre muerto


Siempre está bien no dejarse engatusar por los telediarios, que a base de repetir lo bueno que era Juan Pablo II, nos quieren grabar en nuestras mentes una imagen que no corresponde con la realidad. Así que a mi particularmente me gusta meter el dedo en la llaga para que no se olviden los detalles importantes... y como me ha llegado una noticia, pues la pastearé tal cual hasta que tenga un hueco para darle un repaso a ese "nuevo Dios encarnado" que nos han colocado, a saber con qué malas intenciones...

Con el imperio, contra la Iglesia de los pobres
Augusto Zamora R.
El Mundo

Entre 1977 y 1979 fueron asesinados cinco sacerdotes en El Salvador, seguidores de la Teología de la Liberación y miembros activos de la Iglesia de los Pobres, que trabajaban con las comunidades y sectores más oprimidos y reprimidos del país. Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de El Salvador, viajó a El Vaticano en agosto de ese año, con un dossier minucioso sobre la brutal represión que venían sufriendo la Iglesia y el pueblo salvadoreños. El Papa Juan Pablo II se negó a ver el dossier y a hablar del tema. Monseñor Romero regresó abatido pues había creído, hasta su entrevista, que al Papa le ocultaban información. En marzo de 1980, Monseñor Romero era asesinado mientras celebraba misa. Ese mismo año, cuatro religiosas norteamericanas morían también asesinadas, luego de ser torturadas y violadas por el Ejército salvadoreño. El Vaticano condenó los crímenes pero no emitió condena alguna contra el régimen que los propiciaba. El silencio se hizo norma.

De enero de 1980 a febrero de 1985, 23 religiosos fueron asesinados en Guatemala. Con ellos, decenas de miles de civiles, en el mayor baño de sangre sufrido por la región en las últimas décadas. Se repetía el guión. Condena opaca y formal y silencio ante la dictadura criminal. La Jerarquía departía con generales y oligarcas, mientras sacerdotes, religiosos y comunidades cristianas de base eran sistemáticamente perseguidas o muertas.

En Nicaragua había triunfado en julio de 1979 la revolución sandinista. Con ella llegó al poder, por vez primera en la historia latinoamericana, la Iglesia de los Pobres. Cuatro sacerdotes fueron designados ministros. El padre Miguel D´Escoto, ministro del Exterior, Ernesto Cardenal, ministro de Cultura, Fernando Cardenal, ministro de Educación y Edgar Parrales, ministro de Bienestar Social. El Vaticano se revolvió indignado. Todo lo que era silencio en El Salvador y Guatemala, se hizo estridencia contra la revolución sandinista y sus curas ministros. El Papa exigió a los sacerdotes que abandonaran los cargos y empezó una persecución sistemática contra los que apoyaban a la revolución. Curas y monjas progresistas eran obligadas a abandonar Nicaragua para ser sustituidos por otros reaccionarios. Cuando Juan Pablo II visita Nicaragua en 1983, el padre Ernesto Cardenal se arrodilla ante el Papa, quien responde agitando una mano condenatoria. La foto da la vuelta al mundo. En la misa pública, el Papa se niega a orar por los asesinados por la contra. Sus actos se tornan políticos y la visita, preparada con tal celo por el gobierno sandinista que había construido una plaza especial para la misa papal, deriva en una completa ruptura.

En una reunión con el presidente Ronald Reagan, según relata el periodista Bob Woodward, se oficializa una alianza informal entre el Vaticano y EEUU, para combatir la “amenaza comunista” en Centroamérica. En Nicaragua, las iglesias se convierten en nidos de la contrarrevolución y los obispos en dirigentes políticos. La cruzada anticomunista del Papa barrerá Centroamérica y la Iglesia Católica se dividirá en dos sectores irreconciliables, la iglesia oficial y la popular. Ganará la oficial, a un costo estremecedor en vidas y bienes. La Iglesia de los Pobres es barrida por la suma de las purgas vaticanas y la represión de las dictaduras. El epílogo será el asesinato de siete jesuitas en la Universidad Centroamericana de El Salvador, en 1989. La Iglesia Católica cae en grave descrédito y el vacío espiritual es llenado por la más peligrosa y destructora arma de que dispone EEUU: las sectas religiosas.

Promovidas por EEUU y protegidas por las oligarquías y las fuerzas armadas, como arma de combate ideológico contra la teología de la liberación, las sectas protestantes se propagan como hongos por la geografía centroamericana. Su difusión es más avasalladora en los países donde los movimientos progresistas y populares eran más fuertes: Guatemala, El Salvador y, tras la derrota electoral del sandinismo, Nicaragua. Las sectas enraízan en las zonas más pobres y entre la población más analfabeta, convirtiéndose en una calamidad, pues su fanatismo religioso embrutece a sus seguidores, agudizando atraso y subdesarrollo y haciéndolos presa fácil de políticos ultraderechistas, tanto o más fanáticos que ellos.

El resultado ha sido un descenso dramático del número de católicos que, como pasa en Guatemala, son hoy la mitad de la población. En Nicaragua se acerca vertiginosamente a esa cifra, en tanto los católicos comprometidos siguen condenados a las catacumbas. Como Papa llegado del frío, Juan Pablo II no fue capaz de comprender la tragedia que afligía a la región centroamericana ni al resto de Latinoamérica.

La cruzada contra la Iglesia de los Pobres le llevó a someter en 1984 al padre Leonardo Boff al ex Santo Oficio, que le condenó en 1985 al silencio y a la privación de todos sus cargos. Gustavo Gutiérrez fue obligado a “revisar” sus obras, en un proceso similar al sufrido por Galileo. Los obispos defensores de la Teología de la Liberación eran recluidos en diócesis minúsculas y excluidos de facto de la Iglesia oficial, como los obispos brasileños Helder Camara y Pedro Casaldáliga. La Diócesis de Río de Janeiro, a cargo de Paulo Evaristo Arns, fue dividida en cinco. Y así. Alrededor de 500 teólogos fueron represaliados por defender una teología que situaba a Dios al lado de los oprimidos.

La cruzada anticomunista tuvo éxito, al precio de derrumbar a la propia Iglesia Católica y de privar de esperanza a unos pueblos necesitados perentoriamente de ella. En la alianza fraguada en los 80, sólo EEUU ganó. Centroamérica sigue condenada.

Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid a_zamora_r@terra.es


lunes, marzo 28, 2005

Pensamientos



Viviré una y mil muertes
para tapar la herida
que abrí alguna vez
en aquella grieta del tiempo
que como un árbol lapidado
sigue rugiendo desde el interior
de su creación.
Me arrastraré por la tierra
engullida por el intenso dolor
de sus ancestros.
Como el primigenio lobo
que aullaba a la luna
buscando la señal de caza.
La noche esconde el milagro
de un nuevo misterio
que forma parte de la vida,
pero que viene de la mano
de la omnipresente muerte.
Miles de gotas de rocío
rompieron el hechizo del gris azulado
para convertirlo en luz brillante
del alba verdosa
buscando el frescor de las
aguas de los riachuelos
donde la pomposa vida del día
comienza su danza, rompiendo el tono
introspectivo de la noche
con su engañosa lucidez.
Y ¿qué es el mundo?
¿Vida o destrucción?
¿O las dos a la vez,
que se manejan en una misma moneda
en el país de los sueños
y los ensueños rotos o malogrados?