Tomates verdes fritos
Y al final le había tocado la china. Pero no iba a hundírsele el mundo por eso. Es más: aquello la incitó a reflexionar. Fue como si la gamberrada de aquel joven la hubiese sacudido interiormente, obligándola a mirar en su interior y a hacerse unas preguntas que había eludido hasta entonces, por temor a las respuestas.
¿En qué consistía, en realidad, lo que ella veía como una insidiosa amenaza; como un arma invisible que apuntaba directamente a su cabeza, condicionando su vida; "aquel terror que sentía a que la insultasen"?
De jovencita se había mantenido virgen para que no la llamasen putón; se había casado para que no la llamasen solterona; había fingido orgasmos para que no la llamasen frígida; había tenido hijos para que no la llamasen estéril; no se había hecho feminista para que no dijesen que odiaba a los hombres ni la llamasen tortillera; y nunca se había sulfurado ni levantado la voz para que no la llamasen arpía...
Y encima de que se había esforzado por comportarse así, un buen día se topa con un extraño y él la pone a caer de un burro y la cubre de insultos..., de esa soez retahíla de insultos que los hombres dedican a las mujeres cuando se cabrean.
¿Por qué siempre insultos con connotaciones sexuales?, se preguntaba Evelyn. ¿Y por qué cuando un hombre quería vejar a otro, lo afeminaba? Era como si, para ellos, ser mujer fuese lo más bajo. ¿Qué hemos hecho nosotras?, se decía ella: ¿qué hemos hecho para que se nos tenga en ese concepto? ¿Por qué habían elegido precisamente el "coño" para que sonase tan mal? La gente ya no insultaba a los negros; por lo menos, no en su cara. A los italianos ya no se les llamaba "maricas", ni se hablaba de "judiadas", no se decía aquello de "Spanish... mañana", tildándolos de vagos, ni se hacía burla de los "amarillos", ni de los "gabachos", ni de los "cabezas cuadradas", ni de los "hijos de la Gran Bretaña", en la conversación normal. Todos los grupos tenían quienes les defendían. Pero, a las mujeres, los hombres seguían insultándolas. ¿Por qué? ¿Dónde estaba su grupo? No era justo. Y, cuanto más lo pensaba, más le sulfuraba. Ojalá Idgie hubiese estado a mi lado, pensaba Evelyn. No habría permitido que aquel joven la insultase. Estaba segura de que le habría soltado una hostia que lo habría estampado en el coche.
Hizo un esfuerzo para no seguir dándole vueltas al asunto porque, de pronto, notaba que empezaba a sentir algo que nunca había sentido; y le daba pánico: Con veinte años de retraso, respecto a las demás mujeres, Evelyn Couch estaba furiosa.
Estaba furiosa consigo misma por sentir ese pánico. Toda aquella ira contenida empezó a expresarse de una extraña y peculiar manera.
Por primera vez en su vida, deseó ser un hombre. Y no por el privilegio de tener ese singular equipamiento tan caro a los hombres. No. Lo que quería era la fuerza física del hombre, para haberle podido poner la cara como un mapa a aquel mocoso del supermercado. Claro que no le pasaba inadvertido que, de haber sido un hombre, no le habría insultado. Y fantaseaba con la idea de seguir siendo ella, pero con la fuerza física de diez hombres. Convertida en una Superwoman. Y se imaginaba dándole tal paliza a aquel deslenguado que lo dejaba allí tirado en el suelo del aparcamiento, sangrando, con varios huesos rotos e implorando piedad. ¡Ja!
Y, así, a los cuarenta y ocho años, empezó la increíble y secreta vida de Mrs. Evelyn Couch, de Birmingham, Alabama.
Página 274 "Tomates verdes fritos" de Fannie Flagg.

